Con mi "Dulce Noviembre" (Tomás, mi primer hijo) rompí bolsa en medio de una cena con mis amigas en un concurrido restaurante local. Mi "Esperado Abril" (Nicolás, mi segundo hijo) llegó el mismo día de mi cumpleaños por lo que la cantidad de mensajes y llamados sin responder durante las horas de contracciones alertaron de que algo sucedía entre todos los cercanos.
Más allá de la anécdota, nada me impidió vivir ambos partos como imaginé, como soñé, como elegí. Ahora les cuento el segundo...
15 de abril de 2015
La madrugada
Transitaba ya mi semana 39, sintiéndome muy bien y con ganas de conocer a mi bebé desde la semana anterior. Él se hizo esperar un poco más, eligió su momento y que haya llegado el día de mi cumpleaños lo sentí como la más especial de las bendiciones y el mejor de los regalos.
Era de madrugada, poco antes de las 3 de la mañana cuando empecé a sentir algo parecido a un dolor de ovarios que me despertó. Luego un poco de descompostura y al cabo de un rato no me quedaban dudas de que eran contracciones, aunque suaves y espaciadas aún. Me senté en la pelota que me prestó la profesora de yoga y terminé de ver una película. Como el tiempo se me pasó volando, luego vi otra. Todo el tiempo controlando las contracciones con una aplicación en el celular que registraba hora y duración.
La mañana
Pese a que al principio me imaginaba en la clínica al amanecer, cuando llegó la hora de despertar a Tomás para ir al jardín, como a las 7 de la mañana, la cosa seguía igual. Desayuné con él y luego nos fuimos con marido (Esteban) al consultorio de mi obstetra donde tenía un turno ya pautado para monitoreo.
Efectivamente no había dilatado más que un centímetro en esas cinco horas de contracciones que no se interrumpieron, pero que se mantuvieron suaves y espaciadas cada cinco minutos o más. No me sorprendió, eso no era transpirar la camiseta ni remotamente el dolor que recordaba de mi primer parto.
Si no había novedades antes, quedamos con la doctora en encontrarnos en la clínica como a las 3 de la tarde para un goteo (oxitocina) ya que se iban a hacer muchas horas de desgaste e iba a llegar cansada al parto. Si bien esas contracciones no dilataban, tampoco me dejaban dormir o seguir con mi vida normalmente.
Volvimos a casa. Por sabio consejo de marido dejé de lado la cuenta de contracciones, horarios y me dispuse relajarme y dejar que suceda lo que tenía que suceder. La mayor parte de la mañana fue pasando más o menos igual. Esteban trabajaba en otra habitación y me asistía en lo que podía. Comí fruta, algunos caramelos y gomitas, tomé agua y jugo de manzana, y puse mi celular fuera de línea.
Alterné distintas músicas relajantes y posiciones. Luego de tantas horas de pelota ahora necesitaba apoyar mi espalda por lo que fui variando en la cama con la ayuda de amohadas y amohadones. Me di un baño como de una hora y emití un sin fín de Ooooooooos practicadas durante estos meses de yoga.
Mediodía
Ya la cosa empezó a cambiar recién por estas horas. Tomás llegó a las 12 del jardín y no me sentí en condiciones recibirlo. Le prendieron su música en el living y yo me quedé con la puerta cerrada de mi cuarto para que se aplacaran un poco las Oooo.
Todo pasó muy rápido de aquí en más. Llegó un momento en que no me quedó fuerza para la Oooo, me salían sin sonido. Recuerdo haberme planteado ofuscada porque me habían dicho que el segundo parto era más fácil y más breve, y a mi me estaba costando tanto. Fugazmente pensé con una cesárea programada que evitara todo aquello, y fue ese pensamiento el que me hizo caer en la cuenta de que estaba cerca de mi límite y también cerca de llegar a la meta. De aquí en más tuve muy presente la frase de Silvina, mi profe de yoga, de "recibir cada contracción como una bendición que nos acerca al momento de conocer a nuestro hijo".
Marido bajó a almorzar como a las 12.45 los planeados bifes a la criolla que cocinaba Beti (niñera de Tomás) por mi cumple y que no llegué ni a probar. Fueron 15 minutos donde se disparó el dolor, se precipitó lo inminente, rompí bolsa y como pude me empecé a aprontar para ir a la clínica. Cuando volvió Esteban le di el celular para que hable con la doctora y le avise a mi mamá que en un par de horas Beti le llevaba a Tomi.
Las dos escaleras de mi casa, los 20 metros que caminé hasta el auto y los adoquines de las cuadras antes de llegar son el peor dolor que recuerdo de todo el trabajo de parto. Yo creo que ahí terminé de dilatar lo que me faltaba ya que en cuanto me revisaron me confirmaron -gracias a Dios- que tenía los sacrificados 10 centímetros de dilatación.
Al llegar a clínica marido me dejó en la puerta mientras estacionaba auto. Una vez más, mi perfil bajo se vio ofuscado por transeuntes que me vieron doblada por el dolor y empezaron a pedir una silla de ruedas a los gritos para llevarme a la guardia. Como pude avisé que era un embarazo a término y que me esperaban en maternidad.
La tarde
Habremos llegado a clínica media hora después de la una. En cuanto me revisó el médico de turno fue a volver a llamar a mi obstetra para que se apurara y hasta le pidió el celular a mi marido porque no se podía comunicar.
En el medio sucedieron un par de situaciones bizarras como que no me podía subir a camilla y el médico no me ayudaba y marido se peleó con una enfermera por los malos modos para cambiarme. Mientras todos los que andaban por ahí temían que pariera en esa sala de preparto, la genia de mi doctora con la mayor tranquilidad del mundo se ocupaba de llevar nuestras varias pertenencias(la pelota incluida, por las dudas) a la habitación que ella misma nos había reservado esa mañana, la número 4.
En muy poco tiempo llegamos a la sala de parto. Esta vez noté enseguida la famosa "sensación de pujo". Esa fuerza incontrolable que en cada contracción te lleva a sacar, a salir, a expulsar Recordé las consignas aprendidas: tratar de sonreir, hacer fuerza con el torax, prolongar el pujo más allá de la contracción... Pujaba sabíendo a donde dirigir la fuerza, algo que no me había pasado en mi primer parto en el que pujé tres horas luego de la dilatación para poder acomodar a mi bebé más abajo.
Cuando ya se veía la cabecita coronando y doctora se la mostraba a marido y neonatóloga en una postal de mis partes íntimas que no quisiera tener, me di cuenta que faltaba muy poco. Solo les pedí que dejaran de hablar de lo grande que se veía esa cabeza porque me daba un poquito de miedo, justo en esos momentos.
Cuando a Esteban le dieron los guantes para poder cortar el cordón, supe que llegaba el momento. Pujé con todas mis fuerzas y creo que Nicolás terminó saliendo de mi antes incluso de lo que esperaban, dejando esa sensación única e imborrable en mi cuerpo y en mi memoria. Así, sin anestecias, sueros, goteos, o puntos, sintiendo con mi ser que mi cuerpo se había estando preparando durante nueve meses para ese momento.
Nicolás llegó a este mundo a las 14,40. Enseguida lo pusieron encima mío y no nos separamos más. Solo brevemente mientras le hacían los controles de rutina y mientras subíamos a la habitación, que fue upa del papá porque yo temblaba como una hoja por el esfuerzo. Lloraba y cuando escuchaba mi voz se calmaba, eso es algo que no me olvido más. Así como ese momento de reencuentro en la habitación cuando comenzó su lactancia como como lo más simple y natural del mundo, como si lo hubiera hecho siempre.
Gracias a todos los que me acompañaron en este transitar: familia que me dio muchas manos en las últimas semanas, amigos, tribu de madres a distancia, Beti.
En especial a mi obstetra por la simpleza y tranquilidad con que guía mis embarazos. A mi profe de yoga por estos meses de preparación tanto mediante la palabra como el cuerpo, a mi profe de pilates por los aductores fortalecidos (nos quedan los abdominales para lo que resta del año).
A mi amor, mi compañero, el papá de mis hijos, el otro gran artífice de esta historia... la de mi familia. Y a Dios por colmarme de bendiciones.
No tengo palabras. Sólo lágrimas de emoción. Bienvenido, Nico, el mundo te espera.
ResponderEliminarLos queremos.