17 de septiembre de 2013

Pato afuera del agua

Amanecimos ese sábado temprano, con el equipaje de mano listo para una aventura compartida: Los tres juntos -mamá, papá y Dulce Noviembre- partimos rumbo a una clase de prueba de natación para bebés.
Teníamos mucha expectativa por ser una actividad compartida y por ser algo tan lindo y especial como el contacto con el agua. Desde mitad de año que lo veníamos planeando pero por enfermedades, vacaciones y otras ocupaciones lo fuimos postergando.
Decidimos ir pese a la NO recomendación de pediatra, que nos dijo que el bebé no tendría que compartir pileta hasta los 2 años por el riesgo de contagio de enfermedades. Y entre sus argumentos señaló que es tampoco lo recomienda la Sociedad Argentina de Pediatría.
El abultado equipaje incluía trajes de baño, ojotas, gorros aptos para tres grandes cabezotas, toallones y pañales para agua. Toda una operatoria de cuidadosa logística familiar.
Al arribar nos encontramos con la primera piedra en el camino: los vestuarios. Nunca conocí un vestuario de pileta o club amigable; y este no era la excepción. La complicación adicional para nosotros era lograr cambiar al bebé sin cambiador o superficie similar, y alistarme yo con un niño que todavía no se sostiene por sus propios medios. Me senté en un banco de madera y lo cambié como pude, luego salí y deposité a niño con el padre mientras yo me preparaba.
Había alrededor de una decena de niños de variadas edades. Desde los 10 meses de mi Dulce Noviembre (era el más chico) hasta los tres años. Muchas parejas y algunos con un solo progenitor o con una abuela.
En la clase hubo ejercicios como alentarlos a que se muevan con juguetes adelante, trasladarlos de distinta manera para que vayan y vengan entre madre y padre, y hacerlos caminar (si caminaban) por una colchoneta hasta el agua.  La mayoría de las actividades parecía orientados a niños un poquito más grandes. 
Mi Dulce Noviembre se la bancaba por momentos, aunque claramente de su cara no emanaba disfrute, y pegaba gritos en otros. El colmo fue un ejercicio donde todos los padres forman una ronda y se van pasando los niños de brazo en brazo. Allí los infantes van llorando por brazos desconocidos hasta que supuestamente se reconfortan al llegar con sus padres. Mi bebé no dejó de llorar tan rápido.
En fin... No fue una mala experiencia pero no alcanzó  nuestras expectativas. Entiendo que la familiaridad con el agua es algo progresivo y no esperaba que saliera nadando mariposa a la primera clase.  La NO recomendación de pediatra, sumada a las complicaciones de logística y vestuario, y a que la clase no fue muy inspiradora, hicieron que hayamos decidido dejar esta actividad para otro momento.
¡Además, la promocionada siesta por el cansancio del agua duró tan solo una hora!



2 comentarios:

  1. JAJAJAJAJA GENIAL TU VIVENCIA!! NUESTRO PEDIATRA TAMPOCO LO RECOMIENDA ASI QUE, DESPUES DE HABERTE ESCUCHADO, MAS AUN NOS IREMOS AL CLUB EN LUGAR DE RENEGAR EN LA PILETA!!!

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    1. Si si, al club con piletita de plástico... ya se larga la temporada 2013/2014. Eso si, me parece que el año pasado que eran bebitos la pasamos más tranquilos que este año que ya pretenden movimiento por acá y por allá.

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