A mi Dulce Noviembre le llevó un tiempo construir el vínculo con el agua y que este título le calzara. Se lo debo especialmente a mi amiga de toda la vida Celeste, y a su hijo Pedro, que nació apenas 20 días después que Tomás.
Fue un día a fines es de diciembre. Primero con cautela y de lejos, y luego con más confianza, fue siguiendo los movimientos de Pedro y su mamá en el agua. Ellos se metían en la pileta, entraban y salían a cada rato, jugaban, se tiraban desde el borde, salpicaban. Tan solo unas horas después Tomás ya disfrutaba del agua prácticamente a la par.
Desde ese día se metió en todas las piletas que antes no se animaba, incluso en la playita del club -con río- con la que tampoco quería saber nada (que no se entere mi pediatra).
Venía de pasar su primer mes del verano recalado en su mini pileta inflable. Durante varias semanas ni siquiera se metía adentro sino que la usaba para mojar sus juguetes. Cada intento mío de sumergirlo en una pileta más grande terminaba en queja, aún sin mojarlo. Él se paraba al borde de los natatorios, a una distancia prudente, y la gracia consistía en tirar juguetes para que nosotros se los alcancemos. Aún upa mío y sin mojarse no quería saber nada con estar dentro de los metros cuadrados inundados por el agua.
Nunca tuvo problemas con el agua de la bañera, siempre se bañó sin ningún problema, salvo en ocasión de un viaje que lo metí abajo de la ducha y no le gusta nada.
Si he contado aquí que no tuvimos una buena experiencia en nuestra clase debut y despedida de natación.
Ya cuando en pleno invierno nuestro tuvimos el plus de una escapada a cálidas playas nos dimos cuenta que la "cuestión agua" venía complicada. Cuando llegamos al mar y lo llevamos con toda la ilusión a mojar sus patitas empezó a gritar de manera que toda la playa se enteró. Ese primer día y todos los días.
Por suerte ahora la disfruta, juega y se mueve... Como pez en el agua.

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