Es la pregunta que no necesita respuesta para mi Dulce Noviembre. Enseguida se acerca al perchero para que le ponga la campera y el gorro si hace mucho frío, o corre a buscar su pelota o un autito para llevar.
La maternidad me abrió los ojos por estos espacios que comparto con mi hijo. Disfruto de sus sombras, sus árboles, sus juegos y su gente de todos los días.
Cuando vivía en Buenos Aires le tenía un poco de fobia a las plazas. En parte porque las sentía como un reemplazo artificial y grotesco del entorno con el que crecí en San Nicolás con su costanera, sus quintas, y mi querido club frente al río. A eso hay que agregarle la superpoblación canina de muchos barrios porteños y el exceso de excremento (cachochi) de perros que arruina sus veredas y parques.
En mi ciudad las plazas no eran algo que registraba hasta ahora. Viví toda mi vida en frente de la "plaza principal", que como en la mayoría de las ciudades del interior, nucléa a la Iglesia, el banco más antiguo, los bares más populares y por supuesto "la vuelta al perro" de los domingos.
Con Tomás de bebé fuimos mucho a una que se cubría con la alfombra mágina de los Jacarandás florenciendo. Ahora que está en otra etapa lo llevo a aquellas en las que puede disfrutar de hamacas y toboganes. Las siento espacio de juego, de encuentro, de complicidad y de disfrute.
Cacochi
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