I- Un día como cualquier otro...
Ese jueves 1° de noviembre empezamos el día temprano. Tuvimos el control semanal de la obstetra que es rutina en la última etapa del embarazo y nos despedimos con la consigna de tener paciencia ya que pese a estar en la recta final, nada hacía suponer la inminencia del parto.Más tarde en casa, compartiendo unos mates con Esteban al sol de la mañana primaveral, le hablé a mi panza en voz alta: "Ya estamos en noviembre, cuando vos quieras". El comienzo del nuevo mes y esa frase fue una forma de aceptar que estaba preparada para el nacimiento de mi dulce noviembre de un momento a otro. En las semanas anteriores me inundaba aún la sensación de que faltaba mucho.
Embargada por la energía de la mañana hice ejercicios con la pelota que me prestó la profesora de yoga para ayudar a acomodar el bebé y que se encaje. Mientras que el padre, preocupado, me recordaba que era jueves, "día sagrado de su peña semanal con amigos", no fuera cosa que justo se le ocurriera nacer. Yo por mi parte también tenía mis planes para la noche.
La tarde transcurrió tranquila. Salí a caminar, descansé un rato y fui a clase de yoga. A la noche salimos a cenar con las chicas a un restaurante que está a una cuadra de casa. El padre había partido a la peña en una quinta en las afueras de San Nicolás.
II- La gotera entre mis piernas
Cerca de las 11 de la noche, con el plato de calamares a la indianápolis frente a mi, empecé a sentir un líquido que se escurría por mis piernas. Dudé algunos segundos si era transpiración ya que hacía mucho calor, luego desconfié de la incontinencia propia de las embarazadas, hasta que finalmente decidí ir al baño dejando huellas de la misteriosa sustancia en la silla. Una vez parada, el líquido empezó a escurrirse sin obstáculos sobre mis zapatos, ropa y el piso. No había dudas, misterio develado: había roto bolsa y la espera de mi dulce noviembre estaba por llegar a su fin.Demoré un buen rato en el baño a la espera de que la contundente gotera entre mis piernas mermara y con la esperanza de que alguna de las tres comensales adultas que me acompañaban se preocuparan por mi prolongada ausencia (perdonada la cuarta comensal que por ser menor de edad). Pero como no soy muy afín a la atención excesiva a mi persona, pese a haber notado que demoraba, ninguna se acercó.
Finalmente me acomodé y volví a a la mesa."Ni aunque rompa bolsa van a ir a ver como estoy eh", fue mi regreso con humor. Las caras de incredulidad fueron dando lugar rápidamente a las de perplejidad. Dejando el humor de lado les hablé con tranquilidad de los pasos a seguir: llamar a la médica, avisarle a Esteban y volver a casa a cambiarme y buscar bolso. Al mejor estilo "que cunda el pánico" del Chapulín Colorado, traté de calmar ansiedades y explicarles que-como bien aprendí en el curso pre parto- romper bolsa no quiere decir que hay que salir corriendo para la clínica.
De aquí en más me referiré a las comensales como el escuadrón pre parto. Mientras una se preocupaba por pedir y pagar la cuenta, otra me acompañaba afuera a llamar a la obstetra y otra limpiaba la silla. A Esteban le mandé un mensaje de texto y me llamó porque no me creía, por suerte lo pude convencer rápido y emprendió el retorno sin haber probado siquiera el tardío asado.
Era casi medianoche cuando dejamos al escuadrón pre parto patrullando la ciudad a la espera de novedades y partimos con Esteban a la clínica. Lo de patrullar es real y para nada metafórico. Mientras estábamos en la clínica, ellas daban vueltas con el auto para ver si seguíamos ahí y no se fueron a dormir hasta estar seguras de que volvíamos a casa.
Cuando llamé a la obstetra me dijo que vaya a la clínica a hacerme un monitoreo con la partera de guardia. Si no empezaba el trabajo de parto, me veía a la mañana siguiente en su consultorio.
III- Las contracciones y yo
Ya en la clínica empezaron las primeras contracciones con una regularidad propia de un manual de madre primeriza: cada tres minutos exactos. El monitoreo del corazón del bebé resultó bien y a la vista de estas contracciones la partera nos despidió con la seguridad de que nos volveríamos a ver en el transcurso de la noche.Volvimos a casa poco después de la una de la mañana. Me relajé un rato en la bañera, acomodé algunas cosas y estuve un rato sentada en la pelota. Con el correr de los minutos y las horas la intensidad de las contracciones fue en vigoroso aumento. Me concentré en sobrellevar ese dolor con música de relajación, la Ooooooo como método de eutonía aprendido en yoga y escuchando a mi cuerpo para adoptar alguna de las posturas aprendidas que resultara más cómoda en ese momento.
El dolor lo sentía adelante, como de ovarios por la ubicación pero multiplicado por intensidad. A medida que pasaba el tiempo sentía como ese dolor se prolongaba por mis piernas y duraba cada vez más. No tenía energía ni para hablar, cada tanto deambulaba del cuarto al baño (a veces al inodoro y a veces al bidet), pero la mayor parte del tiempo estuve sentada en la cama como chinito, con el torso un poco hacia adelante y emitiendo la Oooo hasta donde la fuerzas me acompañaban. De cobijarme con una manta y temblar de frío pasaba a sofocarme y sudar durante el tiempo que duraba la contracción. Probé acostada pero fue desde un comienzo la más incómoda de las posiciones, sentía que me prolongaba el malestar.
Pese al dolor las horas se me pasaron rápido. Recuerdo en algún momento haber tomado como meta esperar hasta las 4 de la mañana para volver a la clínica, pero llegada esa hora decidí que todavía tenía resto para tolerar un poco más.
Como a las 5.30 lo desperté a Esteban que dormitaba cerca mío, ya era tiempo de partir. Él estuvo siempre atento a mi, pero a esa altura en vano era que esté despierto ya que yo estaba en un estado como de transe con mi dolor. Además, la regularidad de las contracciones no dejaba lugar a dudas y ya no hacía falta controlarlas como hizo en un comienzo.
Llegamos a la clínica cerca de las 6 y la partera un poco después. Me hizo un tacto y comprobó que ya tenía 8 centímetros de dilatación, los 2 centímetros restantes los logré en la siguiente hora mientras ella se fue a atender otro parto. Esteban me ayudó con la Oooo que me permitieron terminar de dilatar.
IV- ¿Y las ganas de pujar?
Cuando volvió la partera y vio el progreso me dijo que antes de las 8 de la mañana nacía seguro, pero la naturaleza bien sabe enseñar que tiene sus tiempos. El cuello del útero ya estaba dilatado los codiciados 10 centímetros pero no me aparecían las famosas "ganas de pujar". El bebé estaba todavía muy alto, posicionado sobre el lado derecho lo que hacía más difícil su descenso y con una circunferencia de cabeza-herencia de madre y padre- que tampoco ayudaba.Empezamos a hacer pujos, contracciones mediante, para acomodarlo. Fue una hora y media tremendamente desgastante con partera y marido sosteniéndome las pienas en la cama. De a ratos en el baño. Como a las 8 llegó mi médica y enterada del panorama, me dijo que era necesario un poco de goteo para darle más regularidad a las contracciones y que se baje el bebé de una vez por todoas.
Yo, que en mi vida me habían pues ni un suero, temía los efectos de la oxitocina porque no creía poder tolerar contracciones más fuertes. El efecto fue muy rápido, no se si fue la mínima dosis que me aplicaron o que era el momento para mi cuerpo: Las contracciones se hicieron más seguidas, manteniendo la misma intensidad que ya tenían, y aparecieron las famosas ganas de pujar con cada centímetro de mi cuerpo.
Como a las 9 me llevaron a la sala de partos, ya no podía dejar de pujar ni en el ascensor. Esteban a mi lado traíael iPod con la música hawaiana de Israel Kamakiwawo que escuchamos con la panza durante todo el embarazo, y que también nos acompañó allí.
Hice algunos pujos y la médica me puso un guante para que tocara la cabeza del bebé que ya estaba próxima. Me preguntó si me animaba a bajar del sillón para pujar parada y con un resto de coraje que me quedaba así lo hice. Fueron dos pujos maravillosos en los que sentí la inminencia del nacimiento y como el cuerpito de mi bebé descendía aún más. Me costó mucho volver al sillón con el bebé tan abajo pero valió la pena.
Unos instantes después pude ver y sentir la plenitud de ese instante mágico en que Tomás salió de mi y empezó a formar parte de este mundo. Ese glorioso momento en que abandonó mi cuerpo que lo cobijó durante casi 9 meses para ser parte de mi vida y buscar ahora el cobijo de mis brazos, el calor de mi pecho, el sonido de mi voz. El papá le cortó el cordón y yo tuve la dicha de tenerlo algunos segundos sobre mi pecho y hablarle, antes de que la neonatóloga se lo llevara para los controles.
V- Éramos muchos más
Desde ese momento siento que el parto fue una experiencia trascendental en mi vida y cada esfuerzo o minuto de dolor tienen su recompensa. Desde el sentir como salía el bebé de mi hasta la rápida recuperación al rato del parto para poder estar atenta a las necesidades.La información y el acompañamiento durante estos meses fue muy importante para saber a lo que me enfrentaba y lo que estaba dispuesta a dar. Siento que no estuve sola soportando cada contracción, estuvieron:
Mi profe de yoga con todas sus enseñanzas para sobrellevar el dolor y preparaciones previas para el parto y para ser mamá, la obstetra con su pericia y la paz que me transmitió para sobrellevar el embarazo y el nacimiento, la partera con sus lecciones del curso y su valiosa experiencia en el minuto a minuto al lado de las parturientas, mis profes de pilates que me ayudaron a llegar en forma pese a la redondez...
Y estaba mi amor, mi compañero, el artífice de tanta felicidad en mi vida y el padre de Tomás. Estuvo en cada ecografía, control médico y sueños de familia, como está ahora en cada pañal, noche de desvelo y brazos que me socorren.
A todos ellos GRACIAS.
A horas...
El escuadrón pre parto, faltan Carlita y Azul. Gracias por su preocupación y felicidad genuina por compartir esos instantes decisivos.
The Happy End
Emi, que lindo relato! Me hiciste emocionar mucho!! Es tan claro que sentí haber estado ahí...
ResponderEliminarEs lo más maravilloso que te pudo pasar.
Espero poder ir pronto para verle la dulce carita a Tomás!!
Los queremos mucho!
Los Gorgas ;)
llorando a fulllll. muy emocionada¡¡¡¡ te adoro¡¡¡¡ Carla
ResponderEliminaryo también estoy moqueando, es un hermoso relato y hay momentos que me emocionaron, como cuando la médica te pone el guante y le tocas la cabeza al bebé. disfruten juntos! abrazo.
ResponderEliminarEspero que estes disfrutando mucho este momento... te deje un premio por mi blog. Beso
ResponderEliminarDisfrutando y me tomé mi tiempo. Gracias por el premio y leerme. Ahora que volví a escribir también voy a leer más de las experiencias de otras mamás bloggers que me encantan.
EliminarHermoso! Recién lo veo (lo encontré buscando calcular cuántos meses tiene Tomás ya) y me emocioné hasta las lágrimas... es la primera vez que resisto el relato de un parto. Eres una gran narradora... pero aparentemente ya me están dando ganitas... mmm... será? Los felicito por la familia que son. Maru (amiga de Esteban).
ResponderEliminarQue bueno escuchar eso y muchas gracias por compartirlo Maru. Un beso
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